El London Bar es uno de esos lugares que definen Barcelona. Situado en la calle Nou de la Rambla, en pleno corazón del Raval, este establecimiento centenario abrió sus puertas en 1910 —según algunas fuentes en 1909— y desde entonces ha sido un refugio bohemio para generaciones de artistas, músicos y amantes de la cultura. Más de cien años después, sigue latiendo como un bar único, un espacio modernista protegido y uno de los rincones con más personalidad de la ciudad. Su mezcla de historia, arte y vida nocturna lo convierten en una parada obligatoria para quien quiera conocer la esencia más auténtica de Barcelona.
Un modernismo que se conserva como un tesoro
Desde el exterior, su presencia es discreta: un aplacado de madera sencillo y un zócalo de mármol enmarcan una carpintería sobria. Una estética austera que contrasta con la explosión modernista que espera dentro. El local, ubicado a la izquierda del portal de un edificio de Nou de la Rambla, guarda un interior que parece congelado en el tiempo.
En su interior destaca un escaparate con un gran espejo de fondo, enmarcado por líneas curvas entrelazadas, flores, volutas vegetales y un florón central, una pieza que funciona como emblema del bar. Una estructura decorativa de madera con curvas entrelazadas separa los espacios, con el nombre del local y un reloj en la parte superior. Todo ello convive con mosaicos hidráulicos geométricos, un arrimadero de mármol bicolor y la presencia de dos barras: la más antigua, de mármol policromo decorado con flores en bajorrelieve; la segunda, de madera, añadida posteriormente.
La autoría de esta atmósfera modernista sigue siendo desconocida. Se sabe, eso sí, que su creación corrió a cargo de un equipo multidisciplinar: carpinteros, ebanistas, marmolistas, pintores, yeseros… entre ellos figuran un carpintero apellidado Pedrerol y un pintor conocido como Xampanyer.
Hoy, ese interior se considera un verdadero salón patrimonial, una cápsula del tiempo protegida y admirada, donde lámparas, vitrales y techos altos evocan un modernismo que sobrevive con autenticidad.
Más de un siglo de cultura, bohemia y noches históricas
La historia del London Bar es, en realidad, la historia de la vida cultural de Barcelona. Desde sus inicios fue un punto de encuentro para artistas, intelectuales y personajes del mundo del espectáculo. Dalí, Picasso, Joan Miró, Antoni Gaudí, Ernest Hemingway, Antonio Machado, Carlos Gardel o el maestro Antonio Machín forman parte de su extensa lista de visitantes ilustres. En la parte trasera del bar, la orquesta de Machín llegó incluso a ensayar, llenando el local de melodías que marcaron época.
La estrecha vinculación con el mundo del circo y el teatro se explica fácilmente: en Nou de la Rambla se concentraban muchos agentes y representantes del espectáculo en la primera mitad del siglo XX, convirtiendo el London en una auténtica oficina improvisada de artistas. Durante la posguerra, en el fondo del local se ensayaban números de circo, y más tarde, al unir los dos espacios interiores, se dejó un pequeño escenario que sigue evocando aquellos tiempos. En documentación de 1939, el local aparece registrado como Café Económico, un detalle que muestra la evolución administrativa del espacio.
Con el paso de los años, el London Bar consolidó una programación musical que se ha convertido en parte esencial de su personalidad: jazz, rock, blues o conciertos íntimos forman parte de una tradición que atrae a turistas y locales cada noche. Su trapecio colgante, visible desde la entrada, es un guiño histórico que desconcierta a los recién llegados y resume su espíritu: mezcla, memoria y un punto de extravagancia.
Pese a guerras, dictaduras, crisis económicas y transformaciones urbanas, el London Bar ha resistido sin renunciar a su identidad. Ha pasado por remodelaciones siempre respetuosas, manteniendo intacto su encanto original. Hoy es considerado un símbolo de resistencia cultural en Barcelona.
Un templo de la coctelería con alma artística
En su etapa reciente, el bar se presenta como un coctel bar modernista donde la coctelería de autor comparte protagonismo con el patrimonio. La gestión actual ha potenciado la calidad de los tragos y ha sumado propuestas que rinden homenaje a su pasado artístico y nocturno. Su ambiente bohemio, sus luces tenues y su estética intacta hacen que cualquier visita se viva como un viaje a otra época.
Para muchos barceloneses, el London Bar representa la idea platónica de lo que debe ser un bar histórico: paredes cargadas de memoria, fotos que no se mueven de sitio desde hace décadas y una sensación difícil de replicar en cualquier otro punto de la ciudad. Su alma está adherida a cada detalle.
El vínculo con la familia Raluy: historia, destino y herencia
Aunque la historia del London Bar se sostiene por sí sola, su relación con la familia Raluy añade un capítulo especialmente emotivo a su trayectoria. Según los documentos históricos del circo, Lluís Raluy fue un asiduo del local en los años 30, cuando actuaba como acróbata y buscaba contratos en los circos y teatros de Barcelona, muchos de ellos gestionados desde esa misma calle. Allí se hablaba de técnica, sueños y giras, y el London se convirtió en cantera de artistas y en un lugar clave para su carrera.
Décadas más tarde, el destino cerró el círculo: el bar fue heredado por Carlos Raluy, quien lo recibió de manos de su amiga Eli Bertrán, antigua propietaria, con la petición de mantener vivo el espíritu del local. Para Carlos, aquel legado tenía un peso simbólico profundo. En el propio London había sido recomendado su padre para viajar a Europa como artista, un episodio que acabaría marcando el origen de la saga circense. “Sin el London no habría el Raluy”, llegó a decir.
Hoy, bajo la supervisión de la familia y con la dirección operativa de la bartender Magda Viegas, el bar mantiene una coctelería inspirada en el mundo del circo y prepara el retorno de espectáculos y música en vivo en su histórica trastienda. El local ha sido restaurado sin alterar ni un solo elemento esencial: las fotos siguen donde estaban, las sillas son las mismas —simplemente recuperadas— y el alma del London Bar permanece intacta.

